Una idea produce una sensación muy agradable.
Todavía no tiene agujeros.
Todavía no existe ese segundo acto donde no sabes qué coño poner.
El personaje no se contradice porque aún no has escrito suficientes páginas para que pueda hacerlo.
Y ese final que imaginas parece magnífico porque todavía no has tenido que construir las trescientas páginas que tienen que llevarte hasta él.
Por eso resulta tan fácil enamorarse de una idea.
Y por eso conviene desconfiar un poquito.
No para convertirte en un funcionario de la creatividad que rellena formularios antes de permitirse imaginar. Tampoco para juzgar cada ocurrencia con cara de editor francés decepcionado con la literatura contemporánea.
Sino para averiguar qué contiene realmente esa idea.
Una novela necesita recorrido. Necesita conflicto. Necesita preguntas que puedan desarrollarse. Necesita un protagonista cuya forma de ser importe para lo que va a ocurrir. Necesita consecuencias. Necesita un lugar o un mundo que no parezca elegido al azar.
Y necesita un núcleo suficientemente claro para que seas capaz de contar de qué trata sin reconstruir toda la genealogía de tus personajes desde 1863.
Eso es lo que este libro te ayuda a examinar.
No mediante un «sí» o un «no» tirando una moneda mágica al aire.
La mayoría de los coachers explican cosas que conviene pensar. Y pensar siempre es bueno, claro que sí.
Yo propongo un procedimiento para evaluar tus ideas y puntuarlas.
Mediante preguntas.
Pruebas.
Ejercicios.
Y un sistema de evaluación en el que puntúas ocho aspectos fundamentales de tu idea para detectar los que ya funcionan y aquellos que deberías reforzar.
Una puntuación floja no significa «tira esta historia a la basura».
Significa: aquí hay trabajo que hacer.
El libro dedica precisamente su tramo final a eso: qué hacer cuando la pregunta central no está clara, el conflicto tiene poca fuerza, las consecuencias importan poco, protagonista y trama no están suficientemente unidos, el escenario podría ser cualquier sitio o ni tú mismo consigues explicar la historia de forma sencilla.
Y ese es, para mí, el valor de trabajar una idea antes de empezar.
No eliminar el riesgo. Escribir siempre lo tiene.
Sino evitar algunos riesgos bastante previsibles.
Porque descubrir que una historia necesita otro conflicto antes de escribirla puede costarte una tarde.
Descubrirlo después de setenta mil palabras puede costarte bastante más.
Y algunas palabrotas.